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Epidemias

La historia de las epidemias en Venezuela se remonta a principios del siglo XVI cuando empiezan a llegar a estas playas los primeros conquistadores europeos para tomar posesión, a nombre de la Corona de España, de estas tierras hasta entonces desconocidas para los hombres de otros continentes. Los nuevos grupos étnicos procedentes de Europa, y a partir de 1514, de África con la mano de obra esclava, trajeron de sus regiones respectivas sus caracteres psíquicos o físicos peculiares, así como también sus enfermedades propias. Los europeos transportaron al Nuevo Mundo el paludismo, peste, lepra, fiebre tifoidea, tosferina, difteria, sarampión, varicela, la rabia canina, y la viruela; mientras que los africanos trajeron a la vez sus propias dolencias desconocidas hasta entonces en estas latitudes como la fiebre amarilla, la bilharziasis, anquilostomiasis, oncocersiasis, filariasis y malaria. En los barcos de los esclavos llegaron también ratas, ratones, nuevos artrópodos (pulgas, piojos, garrapatas) e insectos entre los cuales, con mucha probabilidad, mosquitos vectores-reservorios como el Aedes. El indio nativo también transmitió sus enfermedades originarias de esta tierra, a los nuevos establecidos, entre ellas: buba, carare, leishmaniasis tegumentaria, tripnosomiasis americana, micosis profunda y otras más. La mezcla inevitable de los 3 grupos raciales generó un forzoso intercambio de procesos infecciosos nuevos contra los cuales ni los nativos, ni los inmigrantes tenían la protección natural necesaria. Esta situación no tardó en producir epidemias, algunas extensas y de alta mortalidad.

Evolución de las epidemias

Las informaciones disponibles sobre las enfermedades infecto-contagiosas que azotaron a la población de Venezuela en la época de la Conquista y en el primer período de la Colonia son muy escasas, discontinuas y sumamente vagas, así que solo se puede conjeturar sobre la verdadera naturaleza de las enfermedades mencionadas por los cronistas. Sin embargo, existen algunas descripciones bastante aceptables sobre la aparición de brotes de viruela en Caracas y en el litoral guaireño a lo largo del siglo XVI. La primera, corresponde a 1580; se extendió por todo el territorio poblado, restando a «...más de la mitad de los indios de la provincia...». Cuatro grandes epidemias de viruela es el saldo del siglo XVI. En el siglo XVII se contaron 13, de las cuales la más seria fue la de 1623: originada en un desembarco clandestino de negros esclavos en la costa de Morón, invadió los valles de Aragua, La Guaira y Caracas. En el siglo XVIII la viruela se hizo francamente endemoepidémica; la epidemia más larga y grave ocurrió en la década de 1760. Se prolongó por varios años y fue objeto de comentarios por parte de Agustín Codazzi y Alejandro de Humboldt; durante el solo año de 1764 causó más de 1.000 muertes en Caracas; durante todo el lapso de la epidemia, dichos autores señalan de 6.000 hasta 8.000 víctimas en la capital. Caracas fue prácticamente abandonada, dispersándose sus habitantes por los campos vecinos. A partir de 1764, la epidemia se extendió por todo el país y hacia el oriente en 1767, causando una mortalidad calculada en 10.000 víctimas, sobre todo indios y contribuyó, en gran parte, a la destrucción de la obra de los misioneros capuchinos en Guayana. En el siglo XIX, la viruela se multiplica, pero más bien circunscrita a brotes en determinadas localidades; suman 35 los brotes epidémicos registrados y más de 20 las poblaciones afectadas. El sarampión, por su parte, figuró entre las enfermedades de mayor importancia. En 1612, se presentó en las poblaciones del Orinoco; en 1692, acabó en pocos días con el pueblo de Pozuelos, y en 1693, procedente del oriente, precedió en Caracas a las epidemias de viruela y de fiebre amarilla que tan duramente la castigaron en 1694-1696.

Con el término de «calenturas» se designaron durante la Conquista y la Colonia las epidemias de fiebres. Confundíanse entonces paludismo y fiebre amarilla. La primera epidemia de fiebre amarilla tuvo lugar en Caracas en 1694-1696; debido a la mortandad, los cadáveres se enterraban en los campos; se erigió entonces una ermita a Santa Rosalía de Palermo a la cual se eligió por abogada contra la aterradora epidemia. «...Era tan violento el mal, que los atacados no podían recibir el viático por la frecuencia de los vómitos y morían sin este auxilio espiritual...». En el siglo XVIII se registraron varios brotes de fiebre amarilla en Caracas, La Guaira, Coro y Puerto Cabello; el ocurrido en Caracas, en 1756-1757, diezmó las tropas españolas acuarteladas en la ciudad. Caracas fue atacada por la fiebre amarilla, con mayor o menor intensidad en 1802, 1826, 1839, 1850, 1857, 1858, 1860, 1864, 1869, 1885. En el interior de la República los lugares más afectados fueron los valles de Aragua, Ciudad Bolívar, Upata, Valencia, Montalbán, Maracaibo y Barquisimeto; en esta última ciudad, los brotes en 1880, 1884 y 1890, causaron una mortalidad del 25%. En 1815, el ejército patriota del general Manrique, durante la Campaña de Maracaibo, sufrió numerosas bajas con motivo de una epidemia de fiebre amarilla. Angostura en 1817 y los valles de Aragua en 1819 también sufrieron por la misma causa. La historia de la fiebre amarilla en Venezuela está vinculada con la obra de Luis Daniel Beauperthuy, quien a raíz de la epidemia que azotó a Cumaná en 1853, afirmó que la enfermedad era trasmitida por mosquitos tipularios. Grave fue la epidemia de Caracas, en 1902, con 290 casos y una mortalidad del 27%. Los últimos casos de fiebre amarilla urbana registrados en Venezuela ocurrieron en Coro, en 1918.

El paludismo, traído por los europeos y africanos, llegó a convertirse en una de las peores trabas que se opusieron al ímpetu de los conquistadores y colonizadores, pues existía en el país un anofelismo sin malaria. Para 1675, las «calenturas» habían provocado el abandono de varios pueblos poco tiempo después de ser fundados en las misiones de los llanos de Casanare y en las cercanías de los ríos Orinoco y Meta. Dramático también fue el caso de la expedición de José Solano y Bote por el Orinoco: en 1756, perdió la mayor parte de sus integrantes y en 1759, estando en San Fernando de Atabapo, murieron 325 personas. Apenas se salvaron el propio Solano y 12 personas más. Independizado el país, es imposible sintetizar los estragos de las epidemias palúdica. Llegó a cubrir con su cortejo patológico todas las tierras situadas por debajo de los 500 m de altura. La sola epidemia de 1916 provocó un mayor número de víctimas que la de la influenza en 1918. Figuraba entre las primeras causas de morbilidad y mortalidad, tanto así que se calculaba que cada 2 horas moría un venezolano a causa del paludismo. En suma, hasta 1936, en que fue creada la División de Malariología, representó el máximo obstáculo para el desarrollo y aprovechamiento del territorio nacional.

La primera epidemia registrada de peste bubónica ocurrió en la isla de Margarita en 1648. Por su gravedad resalta también la de Caracas en 1658 (25% de mortalidad), la cual recorrió toda la gobernación, con un saldo de unas 10.000 defunciones. Tal fue la magnitud del desastre en la capital, que el Cabildo Eclesiástico le insinuó al Ayuntamiento pidiera al Rey permiso para que se trajeran 2.000 esclavos a la provincia, de modo de reponer los braceros perdidos. Durante el siglo XIX, ocurrieron epidemias pestosas de variada índole. Las de Aragua (1804 y 1808), particularmente la de 1808, destacan por su crecido número de enfermos y fallecidos, que obligó a la instalación de hospitales de emergencia, por las cuantiosas pérdidas en las plantaciones de tabaco y por los trabajos que sobre ellas dejaron escritos Antonio Gómez y Carlos Arvelo. Según Gómez, hubo más de 4.000 víctimas; la Cerca del Rey, donde trabajaban antes de la peste 14.000 personas estuvo desierta y el cultivo del tabaco se interrumpió. La escarlatina se presentó en forma epidémica en Caracas en 1807. Durante la Guerra de Independencia, las «calenturas» diezmaron las filas patriotas. Basta citar la mortalidad en los 2 sitios de Puerto Cabello (1813 y 1822). El sarampión, en forma de mortífera epidemia, azotó a Caracas en 1851, causando 1.309 defunciones. La gran epidemia de cólera (1854-1857) casi recorrió al país entero; en Caracas, produjo, en un año, un total de 1.948 víctimas. En la provincia de Trujillo, hubo epidemias de fiebre amarilla en Valera (1853 y 1894); en Sabana de Mendoza (1887-1888); en la ciudad de Trujillo (1877 y 1894-1895) y en Betijoque (1888-1889 y 1894). La más conocida fue la de 1887 en la ciudad de Trujillo (tres cuartas partes de la población atacada, siendo la mortalidad de 35%). La tosferina se generalizó a partir de 1850; en Caracas comenzó a fines de 1851 y continuó con la epidemia de sarampión en 1852, revistiendo excepcional gravedad. La epidemia de viruela de Valencia, en 1898, ha sido la más intensa experimentada por ciudad venezolana alguna: casi 6.000 casos, con una mortalidad de un 29%. En lo que va del siglo XX la pandemia gripal de 1918 es la que domina el panorama epidémico. Cobró cerca de 25.000 muertes. Resaltante también fue el brote de peste bubónica ocurrido en La Guaira en 1908, el cual se extendió a Caracas y al estado Miranda, donde persistió hasta 1919. El siglo XX marca la desaparición total de la viruela y la erradicación del paludismo en gran parte del país. Los progresos de la higiene y la acción de los organismos públicos en materia de sanidad y de epidemiología han logrado controlar de manera exitosa la propagación de enfermedades que antaño habían sido azotes para la comunidad. Sin embargo, aunque en forma localizada, se siguen registrando algunos brotes epidémicos: fiebre amarilla selvática (1941, 1954), fiebre tifoidea (1946, 1949 y 1954); gastroenteritis; disentería bacilar; alastrim; hepatitis epidémica; encefalitis humana; difteria; varicela; meningitis cerebro-espinal; gripes virales y dengue.

Temas relacionados: Medicina; Salud.

Autor: Ricardo Archila Medina
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