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Ilustración

A partir de las últimas décadas del siglo XVII y durante las primeras del siglo XVIII se va gestando en varias naciones europeas, en especial en Inglaterra y Francia, la corriente de pensamiento que históricamente se conoce como la Ilustración. Aparte de los escritos de John Locke en Inglaterra, de Voltaire y del barón de Montesquieu en Francia y del benedictino Benito Jerónimo Feijoo en España, la manifestación más notable de la Ilustración durante la primera mitad del siglo XVIII es la Enciclopedia, redactada por un grupo de colaboradores bajo la dirección de Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert, cuyo primer volumen se editó en Francia en 1751. A partir de entonces y hasta el estallido en 1789 de la Revolución Francesa, el pensamiento ilustrado o enciclopedista, cuyo centro de irradiación más poderoso es París, toma fuerza y se expande en Europa, de Londres a San Petersburgo y de Potsdam a Madrid, con características generales matizadas por las peculiaridades políticas y culturales de cada nación. Una de esas características comunes, en el ámbito político, es el llamado «despotismo ilustrado»: los monarcas del continente impulsan e imponen o tratan de imponer en sus respectivos reinos e imperios una serie de cambios de orden militar, económico y administrativo, cuyo objeto declarado es promover «la felicidad» de sus súbditos, pero que buscan fundamentalmente reforzar el poderío de los soberanos interna y externamente mediante reformas impuestas desde arriba. Así actúan José I de Portugal, Luis XV de Francia, Federico de Prusia, Catalina de Rusia y Carlos III de España, entre otros. Una segunda característica común es el enfrentamiento más o menos directo de la élite ilustrada, en especial los llamados «filósofos» en Francia (uno de cuyos representantes más conspicuos es Voltaire), con los dogmas y las enseñanzas de la Iglesia católica y con el poder temporal del Papa. Por otra parte, los soberanos de Portugal, Francia, Austria, España y Nápoles ordenan la disolución en sus respectivos dominios de la Compañía de Jesús. Esta medida, que en el caso de España y de sus colonias lleva aparejada la expulsión de los jesuitas de todos los ámbitos del imperio, fue adoptada por Carlos III en 1767. El pensamiento laico y racionalista de la Ilustración europea se manifiesta igualmente en la reforma de los estudios universitarios, donde las ciencias físicas y naturales ganan terreno a expensas de la teología, sin por supuesto llegar a sustituirla. Uno de los instrumentos que impulsan el nuevo espíritu son las sociedades científicas y literarias constituidas en muchas naciones europeas, no solamente en las capitales sino también en poblaciones provinciales. Son, en Francia, las «academias»; en España y su imperio las «sociedades económicas de amigos (o amantes) del país»; en Inglaterra las «sociedades científicas» reconocidas y apoyadas por el Rey, así como, en cierta medida, cumplen también ese cometido las logias masónicas, cuya eclosión en las islas británicas es anterior a la de las logias del continente. En esas instituciones se reúnen miembros de las élites nacionales y provinciales, que debaten los temas más variados con participación de nobles, sacerdotes, juristas, científicos y burgueses. Hacia 1770 es ya corriente, en esos círculos y en sus publicaciones, hablar del «Siglo de las Luces», fórmula que prevalece en España y en Francia, mientras en Inglaterra se menciona el «Enlightenment» y en Alemania el «Aufklärung», expresión en esos idiomas de «Ilustración». Aunque había de inspirar a la larga importantes cambios político-sociales, el pensamiento ilustrado no tuvo en Europa, en sus orígenes, el carácter de un movimiento político subversivo enfrentado a los regímenes monárquicos imperantes, y más bien colaboró en cierto modo con el «despotismo ilustrado». Fue, sí, una apertura del espíritu crítico y del método experimental aplicados a todos los órdenes del saber, con tendencias hacia la tolerancia religiosa e intelectual y un acentuado cosmopolitismo de las élites, cuyo optimismo racionalista postulaba el progreso constante del hombre, o mejor, como se decía entonces, de la «humanidad». Sin embargo, por debajo de esas características comunes existían profundas divergencias filosóficas y personales como las que separaban, por ejemplo, la doctrina del «contrato social» y de la soberanía popular de Jean-Jacques Rousseau, el deísmo escéptico y aristocratizante de Voltaire y el materialismo ateo del barón de Holbach.

La Ilustración en Hispanoamérica: A las posesiones de España en América las nuevas ideas llegaron principalmente a través de la metrópoli, que las recibía en general directamente de Francia. En los ámbitos de la política y de la economía las reformas impulsadas por el «despotismo ilustrado» a finales del reinado de Fernando VI (quien ocupó el trono desde 1746 hasta 1759) y especialmente durante el de su sucesor Carlos III (de 1759 a 1788), tenían por objeto reafirmar el dominio efectivo del gobierno de Madrid sobre la sociedad colonial y contener o frenar el ascenso de las élites criollas, que a través de los cabildos, las universidades, las órdenes religiosas y las reales audiencias habían adquirido un poder considerable en varias de las ciudades más importantes. Paralelamente, las autoridades españolas procedían a una explotación más sistemática y profunda de las colonias, promoviendo a la vez su desarrollo económico mediante una relativa liberalización del comercio dentro del imperio y haciendo más rígido el control fiscal a fin de aumentar la percepción de impuestos. Las intendencias, creadas a partir de la década de 1760, fueron un eficaz instrumento para el logro de ambos objetivos de la Corona. Esta política se complementó con un esfuerzo sostenido del gobierno de Madrid para fortalecer y aumentar la marina de guerra y para establecer unidades del ejército regular español en las diversas regiones de América con el dual objetivo de defenderlas de las incursiones de armadas extranjeras (principalmente inglesas) y de mantener internamente el orden colonial. En la época de Carlos III, el más notable agente de la nueva política del «despotismo ilustrado» en América fue el funcionario español José de Gálvez, primero como visitador general del virreinato de Nueva España y luego como secretario de Indias en Madrid. En Venezuela las reformas económico-fiscales fueron aplicadas por el primer intendente de Ejército y Real Hacienda José de Ábalos y por su sucesor en ese cargo Francisco de Saavedra. En el ámbito cultural, la penetración de las nuevas ideas y los nuevos usos y costumbres se produce en 3 oleadas, cada una de las cuales recubre parcialmente a la anterior sin eliminarla del todo. La primera, que empieza en la década de 1730 y dura hasta los años 1760, tiene principalmente por vehículos los libros de autores como el benedictino Feijoo, quien, manteniéndose dentro de la ortodoxia religiosa, difunde el espíritu de libre examen en filosofía y en ciencia, basándose en las doctrinas de René Descartes, Locke e Isaac Newton; estos libros y otros similares pasan libremente a América desde España sin oposición de las autoridades y muchas veces con su apoyo. La segunda etapa, que se inicia en la década de 1750 y alcanza su punto culminante en las de 1770 y 1780, ve llegar, casi siempre a través de la metrópoli, pero a veces también desde otras zonas culturales, las obras de «filósofos» extranjeros más audaces y polémicos, como Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Raynal; más adelante, cuando la Santa Sede coloque en el Índice de libros prohibidos a tales autores, la introducción de sus obras se realizará en forma semiclandestina desde España y en ocasiones serán traídas por españoles o criollos prominentes que han visitado otros países europeos. También llegan sin trabas los libros de pensadores españoles como José del Campillo, Jerónimo de Ustáriz, Pedro Rodríguez de Campomanes, que son fieles a la monarquía pero critican lo que perciben como defectos del sistema económico, educativo y social, proponiendo medidas para reformarlo. El «afrancesamiento» (no solo en las ideas sino también en la moda, el teatro, la alimentación, la literatura, el arte) les llega a grupos de la élite hispanoamericana a través de una España que está ya muy penetrada por la influencia francesa. La tercera etapa comienza hacia 1780 y adquiere mayor vigor en la década de 1790; la orientación científica y humanística de carácter reformista de las etapas anteriores se va radicalizando y en algunos casos, todavía excepcionales, tiene un tono más político y contestatario, como ocurre, por ejemplo, con el letrado quiteño Eugenio de Santa Cruz y Espejo; pero, sin embargo, la mayoría de los miembros de la élite ganados al pensamiento de la Ilustración no son políticamente revolucionarios. El impacto de la Revolución Francesa y de un modo especial la ejecución de Luis XVI y los excesos del Terror, unidos a la reacción defensiva que estos hechos suscitaron en el Gobierno español -y al consiguiente recrudecimiento de las actividades de la Inquisición- tuvieron en Hispanoamérica un efecto inhibitorio, si no sobre el pensamiento ilustrado mismo, sí en cuanto a las consecuencias de orden político que se pudieran deducir de aquel. Por otra parte, la Ilustración no tuvo en ningún momento en el Nuevo Mundo hispánico el cariz anticlerical (y mucho menos antirreligioso) que fue una de sus principales características en Francia. Siguiendo el ejemplo de Europa, a partir de la década de 1780 se van creando «sociedades de amigos del país» en La Habana, Lima, Guatemala, Quito y otras poblaciones, las cuales publican sus propias revistas, como el Mercurio Peruano de Lima; en otros lugares, cuando no se llegan a establecer tales instituciones, se forman tertulias de miembros de la élite culta, como sucede en Bogotá alrededor del Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, que dirige el cubano Manuel del Socorro Rodríguez de 1791 a 1797. En Ciudad de México, había abierto sus puertas en 1783 la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. La reforma de la enseñanza universitaria, promovida desde España por Carlos III, tiene como foco en Lima al Real Convictorio de San Carlos, fundado en 1771. La Universidad de San Carlos, en Guatemala, fue uno de los centros de difusión de la modernidad científica en el Nuevo Mundo; en ella, los médicos José Felipe Flores, guatemalteco, y Narciso de Esparragosa y Gallardo, venezolano, investigaban con el propósito de encontrar un remedio contra el cáncer. Varias expediciones científicas son enviadas por el Gobierno español a las colonias de América: el botánico sueco Pedro Loefling, discípulo de Linneo, llega al oriente de Venezuela a comienzos de la década de 1750 y fallece poco después en Guayana; el también naturalista y botánico español, José Celestino Mutis, con un equipo en el cual colaboran varios criollos, estudia la flora de la Nueva Granada, mientras otros científicos españoles hacen lo mismo en México y Perú; la zona del Río de la Plata y luego Chile y el Alto Perú (Bolivia) son recorridos por el naturalista bohemio Tadeo Haenke, quien recoge materiales de botánica y mineralogía. A comienzos del siglo XIX, de 1799 a 1804, el sabio alemán Alejandro de Humboldt y el botánico francés Aimé Bonpland viajan a título particular, con permiso del gobierno de Madrid, por Venezuela, Cuba, Nueva Granada (Colombia), Ecuador, Perú y México, haciendo observaciones y mediciones científicas, recolectando plantas, insectos y minerales y estudiando tanto a la naturaleza como a las sociedades americanas; en Bogotá, Humboldt se encuentra con que Mutis y el científico colombiano Francisco José de Caldas han establecido un observatorio astronómico, el primero en América del Sur. La acción científica y humanitaria con que culmina la Ilustración en Hispanoamérica es la expedición destinada a propagar en el Nuevo Mundo la vacuna antivariólica descubierta por el médico inglés Edward Jenner. A instancias del médico guatemalteco José Felipe Flores, la expedición organizada y dirigida por el médico español Francisco Javier Balmis zarpa de la península en 1803 por orden de Carlos IV.

Aspectos de la Ilustración en Venezuela: En el ámbito educativo y cultural la Ilustración no se hizo sentir en la capitanía general de Venezuela con la misma fuerza que en otros lugares de América. Sin embargo, hay ciertos hechos que permiten apreciar la presencia del pensamiento ilustrado en esta región, además de la influencia ejercida por el reformismo impulsado desde España en tiempos de Carlos III, en lo político y económico. Durante la década de 1780, el sacerdote venezolano Baltasar de los Reyes Marrero inició desde su cátedra de la Universidad de Caracas la renovación de los estudios de filosofía y de las ciencias naturales con criterio moderno; a pesar de la oposición de otros docentes, también eclesiásticos, a partir de entonces se oyeron en las aulas los nombres de Descartes, Spinoza, Locke, Newton, Condillac y muchos otros pensadores europeos, cuyas doctrinas expusieron Marrero y sus discípulos. A mediados de la misma década un gobernante ilustrado, el gobernador y capitán general Manuel González Torres de Navarra, había tomado la iniciativa de edificar en Caracas un coliseo, que fue el primer teatro estable de la ciudad; el mismo funcionario promovió la formación de un pequeño museo, solicitando que desde varios lugares de Venezuela se le enviasen «plumas, piedras exquisitas y muestras de madera»; lo cual, al parecer, no se llegó a realizar. Hacia 1785, el coronel Juan Vicente Bolívar y Ponte, miembro de una prominente familia del mantuanaje criollo, tenía en su biblioteca las obras de Feijoo en 18 volúmenes. En 1790, por iniciativa del Colegio de Abogados, impulsada por el licenciado Miguel José Sanz, se estableció en Caracas una Academia de Práctica Forense para profundizar el estudio del derecho español e indiano; una institución similar no fue creada en Lima sino en 1808 y en Ciudad de México en 1809. A mediados de la década de 1790 el educador venezolano Simón Rodríguez, maestro de la escuela municipal de primeras letras de Caracas, propuso al Cabildo una reforma sustancial del sistema educativo en la primaria, pero su proyecto no fue aprobado y Rodríguez se marchó poco después para no volver. No hubo en Venezuela entonces ninguna sociedad económica de amigos del país, aun cuando a fines de los años 1790 se intentó establecer una asociación de este tipo en el seno del Real Consulado de Caracas, lo cual no tuvo éxito. Por aquellos mismos años, una tertulia se celebraba en la mansión caraqueña de los hermanos Francisco Javier, Luis y José María Ustáriz, donde se oía música y el joven escritor Andrés Bello leyó alguna de sus producciones. Con motivo de la llegada a Venezuela de la expedición de la vacuna, el propio Bello escribió -en estilo neoclásico- una Oda a la vacuna y una pieza teatral, Venezuela consolada, que fue representada en 1804. Durante su recorrido del llano venezolano Humboldt y Bonpland se encontraron en la villa de Calabozo con «un sabio nombrado Carlos del Pozo», quien de su propia iniciativa y sin tener a mano un modelo había construido instrumentos científicos y realizaba experimentos con un pararrayos. Aunque desde 1771 se encontraba ausente de Venezuela, Francisco de Miranda representaba durante sus viajes por Estados Unidos y Europa el verdadero prototipo del hombre ilustrado hispanoamericano. Sus diarios, su correspondencia y el catálogo de los libros que leía y que conservó luego en la biblioteca de su residencia londinense revelan los conocimientos verdaderamente enciclopédicos que poseía, así como su insaciable sed de saber, todo lo cual puso Miranda al servicio de la causa de la independencia suramericana; pues no era la suya una curiosidad superficial de viajero que realiza el grand tour, sino la de un hombre culto interesado por estudiar las sociedades de Estados Unidos y del viejo mundo en sus aspectos positivos y en los negativos, a fin de poder aplicar las experiencias que fuesen válidas a la libre nación hispanoamericana con la cuál él soñaba. Otros revolucionarios venezolanos, como Manuel Gual y José María España, dirigentes del movimiento proindependentista de 1797, se habían nutrido del pensamiento ilustrado francés (idioma que el segundo conocía bien) y sobre todo se inspiraron en los acontecimientos y los ideales de la Revolución Francesa, entonces muy reciente; uno de sus copartidarios, el sargento José Rusiñol, estaba «profundamente versado en el desenvolvimiento de las revoluciones y en su historia», según dictamen del juez que lo interrogó después de haber fracasado el movimiento. Aunque muchas de las personas que habían recibido en mayor o menor grado el influjo del pensamiento ilustrado no eran revolucionarios en materia política, las denuncias recibidas en los años iniciales del siglo XIX por los comisarios de la Inquisición en Caracas y La Guaira revelan que los «libros prohibidos», mayoritariamente franceses, circulaban clandestinamente y eran leídos por gentes pertenecientes a diversos estamentos sociales. Según el canónigo José Cortés de Madariaga, quien aspiraba en 1804 al cargo de comisario de la Inquisición en Caracas, se hallaba «en las costumbres públicas y privadas la semilla de los Ruzóes, de los Bolteres, Raynales y Montesquieres (sic), sembrada aún en el corazón sencillo y menos susceptible de la mujer», lo cual atribuía a la multitud de libros de esos y otros autores que se importaban de las colonias extranjeras del Caribe (y también de Estados Unidos), los cuales eran leídos, decía, «sin el menor escrúpulo». Después de triunfar el movimiento del 19 de abril de 1810, la entrada y la circulación de obras prohibidas fue en aumento, aún cuando no todas ellas eran vehículos del pensamiento ilustrado, pues las había también de carácter pornográfico o, como entonces se decía, «libertino». Durante la Primera República, el arzobispo Narciso Coll y Prat veía que la situación se agravaba sin que ni él ni los comisarios de la Inquisición pudiesen contener el aflujo de tales libros, máxime cuando el Santo Oficio fue abolido a comienzos de 1812 por el Congreso de Venezuela. En esos años y los siguientes Coll y Prat logró confiscar casi 700 libros, que después de su partida a España en 1816 fueron incinerados por los funcionarios de la Inquisición, la cual había sido restablecida en 1814 por Fernando VII. A lo largo de la Guerra de Independencia, el proyecto cultural de la Ilustración pierde el escaso impulso que había recibido durante las 3 décadas anteriores en Venezuela y se ve interferido o mediatizado cada vez más por las necesidades de orden político o militar. En agosto de 1810 la Junta de Gobierno de Caracas auspicia la creación de una Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía, cuya instalación no se producirá sino en febrero de 1812 con el nombre de Sociedad Económica de Agricultura y Artes; esa institución, formada bajo el modelo de las sociedades económicas de amigos del país de la Ilustración hispánica, tuvo una efímera existencia, pues desapareció con la caída de la Primera República. No fue sino a fines de 1829 cuando empezó a funcionar en Caracas una Sociedad Económica de Amigos del País, la cual recogió el proyecto cultural de la Ilustración, matizándolo durante la década de 1830 con las doctrinas del entonces naciente Liberalismo económico. También se sitúa en la línea de la Ilustración dieciochesca la reforma de la Universidad de Caracas, decretada en 1827 por el Libertador presidente Simón Bolívar con la colaboración del médico y científico José María Vargas.

Temas relacionados: Liberalismo; Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía; Sociedades económicas.

Autor: Manuel Pérez Vila
Bibliografía directa: Eugenio Martínez, María Ángeles. La ilustración en América, siglo XVIII; Pelucas y casacas en los trópicos. Madrid: Anaya, c. 1988; Hazard, Paúl. La pensée européenne aux XVIIIème Siécle, de Montesquieu a Lessing. París: Editions Contemporaines, 1946. 3 vols.; Herr, Richard. España y la revolución del siglo XVIII. Madrid: Ediciones Aguilar, 1964; Las Heras, Jesús Andrés. «Otros tiempos otras ideas: la pedagogía de la ilustración a fines del período hispánico, 1767-1810». En: Memoria del Quinto Congreso Venezolano de Historia. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1992; Pensamiento de la ilustración: economía y sociedad iberoamericana en el siglo XVIII. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979; Pérez Vila, Manuel. Los libros en la Colonia y en la Independencia. Caracas: Comisión conmemorativa del sesquicentenario de la batalla de Carabobo, 1970; Rodríguez, Simón. Obras completas. Caracas: Universidad Simón Rodríguez, 1975. 2 vols.; Rodríguez de Alonso, Josefina. El siglo de las luces visto por Francisco de Miranda. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1978; Sarrailh, Jean. La España Ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. México: Fondo de Cultura Económica, 1974; Los tres primeros siglos de Venezuela 1498-1810. 2a ed. Caracas: Grijalbo, 1993; Weinberg, Gregorio. Modelos educativos en la historia de América Latina. Buenos Aires: Kapelusz, 1984.
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