solo título
Inmigración

1810-1830

Desde que, con el movimiento del 19 de abril de 1810 y la declaración de la Independencia el 5 de julio de 1811, Venezuela inició su vida como Estado soberano, no han escaseado las proposiciones sobre la conveniencia de atraer inmigración con el propósito de aumentar y robustecer la población, introducir conocimientos y habilidades necesarios y estimular y expandir la economía nacional. Uno de los primeros en plantear públicamente el tema fue el irlandés residente en Caracas Guillermo Burke, quien en un artículo de la Gaceta de Caracas, del 1 de marzo de 1811, propone la adopción de una política de inmigración y naturalización. En junio del mismo año el gobierno de Cumaná decreta la libre admisión de colonos extranjeros en todo el territorio de su mando, «...quedando el mismo gobierno garante de la seguridad de sus personas y propiedades...». Un tipo especial de inmigración, ocurrido durante la Primera República y también posteriormente, es el de los voluntarios que, individualmente o en grupos, se alistan espontáneamente en las Fuerzas Armadas republicanas para defender la causa de la Independencia. A fines de mayo de 1812, el general Francisco de Miranda envía a diversas islas del Caribe comisionados para enganchar combatientes, a quienes les ofrece que después de haber hecho una o varias campañas «... serán ciudadanos de Venezuela y se les premiará con cesiones de tierras y otras recompensas, según sus méritos y servicios...». A uno de los comisionados le escribe Miranda que «...los agricultores, artesanos y sus familias serán asimismo bien recibidos...». Otro tanto hacen los generales Santiago Mariño y Simón Bolívar en sus respectivas esferas de influencia cuando la lucha se reanuda en 1813, después del colapso de la Primera República. Desde su cuartel general de Güiria, el 19 de enero de ese año, el primero insta a los habitantes de las Antillas y de otros lugares a colaborar con las fuerzas que combaten para restablecer la República; en su mensaje, escrito en francés, les dice: «...Os llamaremos para comerciar con nosotros. [...] Os ofrecemos tierras gratis y un domicilio que asegurará el bienestar de vuestros nietos...». Por su parte, Bolívar, apenas liberada Caracas, dirige el 16 de agosto de 1813, un manifiesto trilingüe (español, francés e inglés) a «Los extranjeros de cualquiera nación y profesión que sean», invitándolos a establecerse y trabajar en Venezuela o a militar bajo las banderas de la República. Posteriormente, reiterará estos llamamientos, y en 1817, autorizará al agente de Venezuela en Inglaterra, Luis López Méndez, a enrolar voluntarios para las Fuerzas Armadas, que luego podrán ser ciudadanos de Venezuela. Durante todo el período de la Guerra de Independencia los territorios dominados por los republicanos estuvieron siempre, en la práctica, abiertos a la inmigración y al comercio extranjero. En 1820, ya instaurada la República de Colombia (la Gran Colombia), Francisco Antonio Zea proclama en Angostura que los puertos están abiertos a los hombres de todas las naciones, ya lleguen como comerciantes y viajeros o como inmigrantes deseosos de convertirse en ciudadanos. En 1823, el Congreso de la República de Colombia promulga la primera ley de inmigración, destacando que una población numerosa y proporcionada al territorio de un Estado es el fundamento de la prosperidad y de su verdadera grandeza. Razones que se repetirán, a partir del restablecimiento de la República de Venezuela en 1830, en una forma u otra, con la promulgación de cada nueva ley de inmigración de la Nación venezolana. La ley de 1823 especificaba como inmigrantes a los europeos y norteamericanos. Para fomentar esta inmigración preveía la concesión de tierras baldías a los empresarios que trajeran inmigrantes que lograran cultivar cierta porción de la concesión en un tiempo previsto. En Venezuela, tal actividad fue emprendida por la Sociedad Agrícola Colombiana, con sede en Londres; esta Sociedad estableció varias colonias, entre ellas una cerca de Caracas, llamada Topo de Tacagua. Consistía en unos 200 colonos escoceses que llegaron a fines de 1825; pero, al poco tiempo, comenzaron a manifestarse los problemas que impedirían los intentos por establecer colonias agrícolas en el país: dificultad de aclimatación, desconocimiento de la agricultura tropical por parte de los colonos, falta de planificación y de créditos, y de algo muy importante, vías de acceso. El cónsul británico, sir Robert Ker Porter, anotó en su Diario, el 9 de febrero de 1826, que las nacientes colonias siempre sufrían dificultades y aprietos que originaban descontento, sintiéndose aún más las privaciones en los establecimientos formados por británicos. En poco más de un año la colonia fracasó y los escoceses fueron repatriados o transferidos a Canadá. En cambio, la corriente inmigratoria de tipo individual tuvo cierto éxito durante la década de 1820 y comienzos de la siguiente. Aunque no existen cifras que permitan cuantificarla con precisión, se sabe que entre 1823 y 1833, se concedieron alrededor de 80 cartas de naturaleza a extranjeros establecidos en Venezuela.

1830-1870

Cuando se produce la separación de Venezuela de la Gran Colombia en 1830, la situación económica del país todavía mostraba las cicatrices de la prolongada Guerra de Independencia. Existía coincidencia al creer que la riqueza del país se fundamentaba en la producción agrícola, cuyo desarrollo óptimo se conseguiría asegurándole suficiente mano de obra. Por eso, las leyes de inmigración fueron redactadas con fines agrícolas aunque siempre existía la ilusión de lograr también un desarrollo industrial. Cualquiera que fuese la ruta hacia la prosperidad, todos estaban de acuerdo en que el primer paso era aumentar la población. Quizás la declaración más convincente la dio Antonio Leocadio Guzmán en su Memoria como secretario del Interior en 1831: «...No tenemos caminos por falta de hombres; no tenemos navegación interior por esta misma falta; y por ella es pobre nuestra agricultura, corto el comercio, poca la industria, escasa la ilustración, débil la moral y pequeña Venezuela...». Mucho antes de que la frase de Alberdi, «gobernar es poblar», se hiciese famosa, Guzmán exigió la misma responsabilidad por parte del gobierno venezolano. La primera Ley de Inmigración promulgada por el Estado venezolano (13.6.1831) fue dirigida a los canarios, observando su afinidad con los venezolanos debido al idioma, la religión y las costumbres. Esta preferencia se debió al fracaso de la Colonia Topo de Tacagua, formada por personas no hispanas. Sin embargo, debido a la poca cantidad de inmigrantes, en 1837, se revisó la ley para extender sus privilegios a todo europeo. A pesar de los fracasos ya experimentados con respecto a las colonias agrícolas, la práctica de conceder tierras baldías para asentar colonos extranjeros continuaba como norma en asuntos de inmigración. Esto sucedió a pesar de ser muy costoso el establecer tales establecimientos, particularmente para un gobierno en constantes apuros financieros. Esta práctica se hacía aún menos comprensible cuando se tomaba en cuenta que el gobierno no tenía la menor idea de cuánta tierra baldía existía ni dónde y para cuáles renglones agrícolas podía servir. Y mientras mandaba circular tras circular a los gobernadores de estado, solicitando información, surgían los reclamos de la opinión pública protestando que se diesen terrenos a extranjeros cuando a los mismos venezolanos les hacían falta. Una fuerte condena a esta política se encuentra en una comunicación de la Diputación Provincial de Maracaibo al Congreso Nacional (31.1.1848) que critica la medida y advierte que con el transcurso del tiempo, «...todos nuestros terrenos se adjudicarán a los extranjeros; la propia patria se convertirá en madrastra para nosotros y en madre generosa para el advenedizo...». En realidad, el único asentamiento establecido durante esos años fue la Colonia Tovar. En 1840, el gobierno nacional había comisionado al geógrafo Agustín Codazzi para hacer un estudio de los recursos naturales del país con vistas a su utilidad para la inmigración. Concibió entonces Codazzi la idea de fundar una colonia modelo que logró establecer en 1843 con inmigrantes alemanes, en terrenos propiedad de Martín Tovar Ponte, situados en las montañas cercanas a La Victoria. La colonia empezó con 374 personas, cifra que para 1855 se había elevado a 509. Desafortunadamente, Tovar murió poco después del establecimiento de la colonia y el gobierno no disponía de los fondos necesarios para ayudar a su desarrollo. La colonia languideció aislada durante largos años, manteniendo sus características alemanas. La primera fase de los esfuerzos para atraer inmigración hacia Venezuela termina a fines de la década de 1850 con el comienzo de la Guerra Federal (1859-1863). Entre 1832 y 1857, según las estadísticas recopiladas por Manuel Landaeta Rosales, entraron 12.610 inmigrantes, es decir, un promedio de 500 por año. La mayoría fueron canarios y alemanes. En menor número vinieron franceses (particularmente de origen corso, que se ubicaron sobre todo en las provincias orientales), puertorriqueños, portugueses e italianos. No hay duda de que las estadísticas son incompletas, porque incluyen solamente a los inmigrantes subsidiados por el Estado; incluso, por no haber aparecido la información en la Memoria oficial correspondiente, es posible que algunos de los subsidiados tampoco fueran contados.

El período guzmancista

Una segunda fase abarca los 3 períodos de gobierno de Antonio Guzmán Blanco (1870-1877, 1879-1884, 1886-1888). Parte de su programa para modernizar el país incluía el fomento de la inmigración, lo cual hizo con mayor éxito que todos los gobiernos anteriores debido a la estabilidad política que logró imponer. Esto condujo al mejoramiento económico, facilitando la realización de numerosas obras públicas, algunas destinadas a mejorar y ampliar la infraestructura del país y otras de una naturaleza más bien decorativa, pero que de todas formas suministraban empleo. Las cifras recopiladas por Landaeta Rosales indican que 26.090 inmigrantes llegaron al país entre 1874 y 1888. De esos, más de 20.000 fueron españoles peninsulares y canarios. Otros grupos numerosos fueron los italianos (2.764) y franceses, especialmente corsos (1.806). Nuevamente cabe la advertencia de que estas cifras son aproximadas. En 1874 se fundaron 2 asentamientos agrícolas: la Colonia Guzmán Blanco (luego Independencia) y la Colonia Bolívar. A diferencia de la Colonia Tovar, estas se componían, en su mayoría, de colonos venezolanos. Ambas padecieron por igual la mala administración, la falta de créditos y la carencia de vías de acceso, todo lo cual condujo a su pronta decadencia. Para 1891, el censo nacional de población registraba unos 38.000 extranjeros en el país. Entre otras nacionalidades se contaban unos 13.000 españoles, 11.000 colombianos, 6.000 ingleses, 3.600 holandeses, 3.000 italianos y 2.400 franceses. Una cuarta parte vivía en el Distrito Federal y un número similar en el estado Táchira. Unos 6.600 residían en el estado Miranda, 3.200 en Carabobo y 2.300 en Delta Amacuro (muchos de estos últimos, nativos de las islas británicas del Caribe). Según comentarios de varios viajeros, durante la segunda mitad del siglo XIX, la mayoría de los extranjeros se dedicaba al comercio y a la artesanía, y pocos, con excepción de los colombianos, a la agricultura.

La política entre 1900 y 1945

La primera Ley de Extranjeros fue promulgada por Cipriano Castro en 1903, sin duda como resultado del bloqueo de los puertos venezolanos por potencias extranjeras que en parte respondían a reclamos de sus súbditos residentes en el país. Esta ley, así como las posteriores del régimen de Juan Vicente Gómez (1908-1935) tenía por objeto controlar las actividades de los extranjeros en Venezuela más bien que favorecer la inmigración. A pesar de que también se redactaron nuevas leyes de inmigración, el gobierno nacional no hizo reales esfuerzos para estimularla desde el fin del guzmanato hasta la muerte de Juan Vicente Gómez. No se tienen datos fidedignos sobre el número de extranjeros llegados al país, puesto que, hasta 1948, las cifras del movimiento migratorio incluyen tanto venezolanos como extranjeros, sin precisar cada caso por separado. A veces se puede conseguir la distribución por nacionalidad en la Memoria del Ministerio de Fomento. Así tenemos, por ejemplo, que el saldo migratorio de 912 personas en 1907 está compuesto de 716 venezolanos y solo 196 extranjeros.

Para 1936 la población venezolana presenta un cuadro socioeconómico poco alentador: bajo crecimiento, enfermedades crónicas, desnutrición y analfabetismo. Bajo el gobierno de Eleazar López Contreras (1936-1941), Venezuela comienza a recuperarse en muchos aspectos. La inmigración formaba parte del programa del nuevo mandatario para modernizar al país, aunque para este su papel no era fundamental sino complementario. Otras personas, entre ellas Alberto Adriani y Arturo Uslar Pietri, abogaron activamente por la inmigración. Adriani sirvió como ministro de Agricultura y luego de Hacienda durante el primer año del nuevo gobierno; antes de llegar a estos cargos, había escrito varios ensayos revisando los problemas que impedían el desarrollo del país, recopilados y publicados en su libro Labor venezolanista. Para él, uno de esos problemas era el de la población, caracterizada por ser demasiado reducida y sin ninguna preparación. Para cambiar tal situación, recomendó la inmigración europea, no solamente para aumentar la población sino para mejorarla también, en el sentido de aportar nuevos conocimientos y costumbres. Adriani especificaba que la inmigración europea llevaría a «blanquear» a la población. Basaba su proyecto en 2 razones: según él, los negros fueron, históricamente, participantes muy destacados en los disturbios civiles que tanto habían afligido al país, y que las intervenciones de Estados Unidos en el área del Caribe se debieron en parte al racismo y si Venezuela no «blanqueaba» su población, tal vez Estados Unidos, impulsados por la riqueza petrolera, pero justificando sus acciones en la supuesta inferioridad racial, intervendrían también en Venezuela. Arturo Uslar Pietri, en su muy citado ensayo, «Venezuela necesita inmigración», publicado en 1937, habló de la «indolencia» de las razas mezcladas, y quiso ver llegar la inmigración europea porque esperaba que ella sirviese de «escuela móvil» para la población venezolana, dando lecciones prácticas al pueblo de cómo mejorarse por el mero hecho de la convivencia. También vio esa inmigración como una «panacea» para los males que impedían el desarrollo del país. Adriani logró convencer a López Contreras de la utilidad de la inmigración y se promulgó así una nueva Ley de Inmigración y Colonización en 1936. Parece que las preferencias de Adriani y otros fueron escuchadas porque la ley excluyó, como inmigrante, toda persona que no fuese de raza blanca.

En 1937, se estableció el Instituto Técnico de Inmigración y Colonización. Ese mismo año se promulgó una nueva Ley de Extranjeros que fue más bien una ley de control que de inmigración. No obstante, los extranjeros que no entraban al país con visa de inmigrante fueron admitidos, bajo las provisiones de esta ley, con visa de transeúnte o residente. En realidad, alrededor del 90% de los extranjeros que llegaron entre 1937 y 1961 lo hicieron con tales visas y, desde 1963 todos entran así, porque ya no se expide la visa de inmigrante. El país recibió poca inmigración antes de la Segunda Guerra Mundial porque las únicas personas urgidas de salir fueron los judíos y los españoles (republicanos o separatistas). De estos, los primeros no fueron recibidos en números apreciables por ningún país latinoamericano y los últimos vieron su entrada obstaculizada en Venezuela porque López Contreras pensaba que muchos de ellos eran comunistas. Unas 28.000 personas llegaron entre 1936 y 1940 pero, con la Segunda Guerra Mundial la inmigración se paralizó. A fines de 1944, el presidente Isaías Medina Angarita comenzó a activar mecanismos para aprovechar el éxodo en Europa al finalizar la guerra.

La política de «puertas abiertas»

Entre enero y octubre de 1945, entraron al país de manera legal 7.218 personas. La fuerza política, entre 1945 y 1948, fue el partido Acción Democrática que mostraba gran interés en fomentar la inmigración, pero su programa se vio obstaculizado por las deficiencias en el transporte transoceánico hasta 1947, cuando la situación comenzó a cambiar radicalmente. Ese año, unas 20.000 personas llegaron a Venezuela.

Antes de continuar, es imprescindible aclarar el uso del término «inmigrante». Tal vez la definición más aceptada sea la de las Naciones Unidas que considera inmigrante a toda aquella persona que cambia su domicilio de un país a otro por un período no menor de un año. No existe, sin embargo, un acuerdo unánime sobre el término y cada país tiene su propia definición. Oficialmente, Venezuela consideró como inmigrante a toda persona que entró al país con visa de inmigrante y las cifras del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización y luego, del Instituto Agrario Nacional se refieren solo a esas personas. No obstante, el 90% de los extranjeros que llegaron a Venezuela no tenían la visa de inmigrantes sino la de transeúnte o residente. Algunos ni siquiera tenían visa. Para obviar el problema, se considera inmigrante (de 1941 hasta hoy) a toda persona que haya obtenido una cédula de identidad, porque se supone que esta persona probablemente se quedará y trabajará en el país al menos por un año. Entre 1948 y 1961, Venezuela tuvo su primera experiencia con la inmigración masiva cuando 614.425 extranjeros recibieron cédula por primera vez. Si se agrega a esta cifra los indocumentados que no la tenían y los niños que no la necesitaban, se puede afirmar que la inmigración durante este período debió haber alcanzado la cifra de 800.000 personas. De la gente registrada, el 78% del total estaba compuesto por españoles, italianos, norteamericanos, colombianos y portugueses, clasificados por orden de importancia numérica. Entre los españoles, un tercio era oriundo de las islas Canarias y otra cantidad similar de la región de Galicia. Un tercio de los portugueses provino de la isla de Madeira. El 60% de los italianos vinieron del sur, el 25% del centro y el 15% del norte de la península; las provincias italianas con mayor emigración hacia Venezuela fueron Bari, Salerno y L'Aquila. Un análisis de las ocupaciones declaradas al ingresar al país indica que la mayoría de los inmigrantes practicaban las siguientes actividades: agricultura, construcción y comercio; un porcentaje importante declaraba ser mecánico. Cuando la inmigración fue restringida, en julio de 1958, a los familiares de personas residentes en el país, el porcentaje de dependientes (amas de casa y niños) subió precipitadamente. De los 800.000 extranjeros que llegaron, muchos no se radicaron en el país. El censo nacional de 1961 enumeró solo a 526.188 extranjeros incluyendo 64.604 que se habían naturalizado. Esto indica que por lo menos la tercera parte había dejado el país para esa fecha. Según el mismo censo de 1961, la participación de los extranjeros en la fuerza de trabajo se destacó en la artesanía y manufactura (26,9%), la construcción (27,0%) y el comercio (24,3%). Uno de cada 5 extranjeros trabajaba en el sector de servicios. El aspecto sobresaliente fue que una de cada 2 personas en la categoría de gerentes, administradores, directores y propietarios era extranjera. Los extranjeros no se dispersaron a lo largo del territorio nacional, pues casi el 80% vivían en solo 5 entidades federales. Una ilustración de este fenómeno fue que, aunque los extranjeros formaban solo el 14% de la fuerza nacional de trabajo, en el Distrito Federal, por ejemplo, uno de cada 3 trabajadores era extranjero.

La situación actual

La política de «puertas abiertas» se terminó en julio de 1958, en gran parte con motivo del deterioro económico que comenzó a manifestarse aquel año. La economía se había recuperado para 1963, pero la inmigración quedó restringida a familiares y personal técnico. Hubo algunas voces interesadas en reactivar la inmigración, pero debido al enorme crecimiento de la población venezolana después de 1950, ya no se vio la necesidad de fomentar la inmigración por razones demográficas. Además, la reciente experiencia con la inmigración masiva era un tanto negativa, porque los extranjeros no se dedicaron a la agricultura tanto como se había esperado (hecho agravado por el éxodo rural), ni habían establecido muchas industrias. La estructura económica del país favorecía más la actividad comercial. La situación inmigratoria quedó estática, con un saldo migratorio de unos 13.000 extranjeros al año, hasta 1973-1974 cuando el enorme incremento en los precios del petróleo y los ambiciosos planes gubernamentales para gastar los nuevos ingresos provocaron un nuevo auge, mayor que el de la década de 1950. Esta vez la inmigración suramericana superó a la inmigración europea; solo una pequeña parte de esta nueva inmigración fue debidamente seleccionada por el gobierno. La gran mayoría vino por su propia cuenta y frecuentemente, sin la visa apropiada. Sin tener una política definida, durante la década de 1970 el gobierno permitió que 308.090 personas regularizaran su condición de residencia ilegal en el país. Para fines de la década y coincidente con una nueva recesión económica, los medios de comunicación social comenzaron a barajar cifras que fluctuaban entre 2.000.000 y 5.000.000 de indocumentados en el país. Los indocumentados fueron acusados de ser la causa de la escasez de vivienda, del mal funcionamiento de los servicios públicos, particularmente de la atención médica, del creciente desempleo, del aumento de la delincuencia y de constituir una amenaza para la seguridad de la Nación. Al poco tiempo, el gobierno reveló planes para llevar a cabo un censo de indocumentados, dándoles a la vez la oportunidad de legalizar su situación, acorde con sus obligaciones señaladas en el Instrumento Andino de Migración Laboral, firmado por Venezuela en 1977 y elevado a Ley el 1 de agosto de 1978. La matrícula o censo, efectuado entre el 24 de agosto y el 23 de diciembre de 1980, arrojó la cifra de solo unos 266.795 indocumentados, de los cuales el 92% eran colombianos, seguidos muy de lejos por ecuatorianos, dominicanos y peruanos, entre otros. El 70% se encontraba ubicado en los estados occidentales, el 22% en la región central y el 15% en los estados llaneros, particularmente Barinas. El 54% eran hombres y el 60% tenían edades comprendidas entre los 20 y los 40 años. Se desempeñaban, por orden de importancia entre las ocupaciones más frecuentemente declaradas, como obreros, empleados domésticos, agricultores, albañiles, pintores, modistas, comerciantes o empleados. Ellos también padecían desempleo, y con respecto a su nivel de instrucción, el 14% resultó ser analfabeta, el 65% tenía algún grado de educación primaria y el 20% alguno de secundaria aprobado. En otras palabras, la población indocumentada no solamente no era tan numerosa como muchos habían imaginado (aunque seguramente no todos los indocumentados se registraron) sino que sus características la asemejaban a la mayoría de la población venezolana.

El censo nacional de 1981 arrojó la cifra de 1.074.629 extranjeros en una población total de 14.516.735 habs. Los colombianos conformaron la comunidad más grande, con un poco más de 500.000 personas. La crisis económica que comenzó a fines de 1977, se agudizó en 1983 y estalló en 1989, ha tenido el efecto de frenar la inmigración. Se registró un saldo migratorio negativo durante toda la década de 1980, apenas volviéndose positivo en 1989. No obstante, se deberá recordar que la mayor parte de la inmigración colombiana, peruana y ecuatoriana entra por puestos fronterizos terrestres (o los «caminos verdes») y no tenemos información sobre su movimiento. El gobierno sigue con una política vacilante en el sentido de dificultar la obtención de visas en los países de origen, permitiendo al mismo tiempo que los extranjeros legalizaran su permanencia en Venezuela (68.000 lo hicieron entre 1989 y 1993). Durante este mismo período, 101.663 extranjeros recibieron cédulas de identidad por primera vez, lo cual indica que el 70% estuvo originalmente indocumentado.

El censo de 1990 registró una población de 18.105.265 habs., siendo los nacidos en el extranjero 1.023.259 personas, una disminución de 51.370 habs. con respecto al resultado del censo de 1981. Esto no significa que haya disminuido la inmigración, sino que se sabe que se han ido más de 25.000 portugueses, 20.000 italianos, 40.000 españoles, entre otros. Ellos han sido reemplazados en gran parte por personas procedentes de varios países hispanoamericanos que ya forman casi el 70% de la población extranjera. Los colombianos han mantenido una posición casi estable: 529.924 en 1991 comparada con 508.166 en 1981. Dos nacionalidades con incrementos de relativa importancia son los peruanos y los dominicanos, mientras que las comunidades chilenas y argentinas se han reducido. Los inmigrantes siguen concentrados en 5 entidades y el 80% vive en áreas urbanas. Apenas el 30% está naturalizado. Con el tiempo, el nivel educacional alcanzado por el inmigrante ha subido, algo notable en los peruanos, chilenos, uruguayos y argentinos, muy por encima de inmigrantes procedentes de Europa. El 30% de los colombianos tiene por lo menos un año o más de secundaria. El nivel de inserción ocupacional es significativo: existe una gran semejanza entre la población venezolana y la extranjera, excepto en la categoría de gerentes y servicios, donde es mayor la proporción de extranjeros. La semejanza entre la proporción de las 2 fuerzas de trabajo, la nacional y la extranjera, que se dedica a diversas actividades, pareciera indicar que se está creando una competencia indeseable. En vista del continuo deterioro de la economía, existe una creciente oposición a toda nueva inmigración. Por este motivo, un proyecto formulado originalmente en 1991 para traer inmigrantes capacitados de Europa del Este, con la asistencia técnica y financiera de varios organismos internacionales, no ha podido avanzar. Además, el decreto 1.911 de 1991 que facilitó el registro como venezolanos de niños nacidos en Venezuela de padres indocumentados fue revocado en noviembre de 1993 por considerársele discriminatorio para los venezolanos y un aliciente para la inmigración indocumentada, cuya presencia una vez más está siendo estimada en varios millones. La Corte Suprema de Justicia, cuya opinión sobre el decreto en cuestión es solicitada desde 1991, no se ha pronunciado todavía. 

Nadie ha hecho un análisis cuantitativo del aporte extranjero a la sociedad venezolana, por lo tanto no se puede precisar en ningún aspecto en concreto. Pero sí se pueden captar ciertas tendencias demográficas que indican que su aporte al crecimiento por nacimientos está entre el 5 y el 6% del total; los hombres de todas las nacionalidades tienden a casarse con venezolanas y las mujeres hispanoamericanas con venezolanos (más del 50%), con lo que no se forman grupos generacionales cerrados. Su distribución geográfica está concentrada, pero casi no existen los ghettos que se forman en otros países. La proporción atendida en los centros de asistencia médica no sobrepasa el 15% del total, cuando mucho, y no se debe olvidar que gran parte de este porcentaje está compuesto de trabajadores cedulados con derecho a acudir a ellos, como cualquier venezolano. Su presencia en las cárceles no sobrepasa el 7% del total, aunque los colombianos parecen estar aumentando notablemente. La tasa de desempleo entre los extranjeros siempre ha estado por debajo de la de los venezolanos, en parte porque el extranjero desempleado tiende a abandonar el país. Aun así, como consecuencia de la actual situación económica, muchos viven en ranchos y practican la buhonería lo cual ha llamado la atención desfavorablemente. 

 

Temas relacionados: Colonias agrícolas; Demografía.

Autor: Susan Berglund
Bibliografía directa: Acosta Saignes, Miguel. Historia de los portugueses en Venezuela. 2a ed. Caracas: Publicaciones de la Librería Suma, 1977; Amézaga Aresti, Vicente de. El elemento voseo en el siglo XVIII venezolano. Caracas: Comisión del Cuatricentenario de la Fundación de Caracas, 1966; Arango Cano, Jesús. Inmigración y colonización de la Gran Colombia. Bogotá: Librería Voluntad, 1953; Bergluñd, Susan y Humberto Hernández Calimán. Los de afuera: un estudio analítico del proceso migratorio en Venezuela. Caracas: Centro de Estudios de Pastoral y Asistencia Migratoria, 1985; Bidegain Greising, Gabriel y Anita Freitez Landaeta. Los colombianos en Venezuela: mito y realidad. Caracas: Centro de Estudios de Pastoral y Asistencia Migratoria, 1989; Buitrón, Aníbal. Las inmigraciones en Venezuela: sus efectos económicos y sociales. Washington, D.C.: Pan American Union, 1956; Comisión De Estudios.Económicos, Financieros y Administrativos del Ministerio de Hacienda, ed. Estudio sobre inmigración en Venezuela. Caracas: s.n., 1949; D'ascoli, Gustavo. La inmigración en Venezuela. Caracas: Tipografía Vargas, 1958; Enberg, Dennis Peter. Motive and distance in migration: the case of Portuguesa, Venezuela. Chapel Hill, North Carolina: The University of North Carolina, 1975; Espinal, Rosa Graciela. Estudios de los refugiados europeos en Venezuela. Caracas: Servicio Social Internacional, Comisión Venezolana, 1970; Fleitas Núñez, Germán. Colonos y colonieros. Villa de Cura: Editorial Miranda, 1988; Gabaldón Márquez, Joaquín. La condición jurídica del extranjero y el problema de la inmigración en Venezuela. Caracas: Tercera Conferencia Interamericana de Agricultura, 1945; Gonzalo Salas, Ángel. Inmigración vasca para Venezuela. Caracas: Impresores Unidos, 1938; Hill, George y Ruth Oliver Hill. La inmigración y colonización en Venezuela, las bases sociales y económicas. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1960; Mata Mollejas, Luis. Estudio sobre migración interna e internacional en Venezuela. Caracas: Ministerio de Fomento, 1959; Mille, Nicolás. 20 años de «musiúes»: aspectos históricos, sociológicos y jurídicos de la inmigración europea en Venezuela, 1945-1965. Caracas: Editorial Sucre, 1966; Pellegrino, Adela. Historia de la inmigración en Venezuela, siglos XIX y XX. Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1984;--. La inmigración latinoamericana en Venezuela: algunas consideraciones generales. Caracas: IIES, 1986; Perazzo, Nicolás. Acerca de la inmigración portuguesa en Venezuela. Caracas: Madeira Gráfica, 1971;--. Historia de la inmigración en Venezuela. Caracas: Congreso de la República, 1982-1983. 2 vols.;--. La inmigración en Venezuela, 1850-1850. Caracas: Archivo General de la Nación, 1973; Pineda, Rafael. Italo-venezolano: notas de inmigración. Caracas: Oficina Central de Información, 1967; Planas Suárez, Simón. Los extranjeros en Venezuela: su condición ante el derecho público y privado de la República. 2a ed. Lisboa: Centro Tipográfico Colonial, 1917;--. Problemas venezolanos: algunas consideraciones sobre inmigración. Buenos Aires: Imprenta López, 1960; Rheinheimer Key, Hans. Topo: historia de la colonia escocesa en las cercanías de Caracas 1825-1827. Caracas: Asociación Cultural Humboldt, 1986; Robinson, David J. «Numancia» y «Pattisonville», experimentos agrícolas en la cuenca del bajo Orinoco. Caracas: Fundación John Boulton, 1974; Santander Laya, Gustavo y Rafael Santander Garrido. Los italianos forjadores de la nacionalidad y del desarrollo económico en Venezuela. Valencia: Vadell Hermanos, 1978; Seguí González, Luis. La inmigración y su contribución al desarrollo. Caracas: Monte Ávila, 1969; Sequera De Segnini, Isbelia y Rafael José Crazut. La inmigración en Venezuela. Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1992; Suárez, Santiago Gerardo. Inmigración y naturalización. Caracas: Italgráfica, 1975; Tejera París, Enrique. Inmigración: de panacea a dolencia. Caracas: Separata del Boletín de la Academia Nacional de la Historia, 1987; Torrealba, Ricardo. Estadísticas sobre migración internacional: sus problemas y usos en Venezuela. Caracas: Universidad Santa María, 1987; Troconis de Veracoechea, Ermila. El proceso de la inmigración en Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1986; Van Roy, Ralph y otros. Migraciones internacionales en las Américas. Caracas: Centro de Estudios de Pastoral y Asistencia Migratoria, 1983; Vannini de Gerulewicz, Marisa. Italia y los italianos en la historia y la cultura en Venezuela. 2a ed. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1980; Venezuela, ministerio de agricultura y cría, ed. La colonización agraria en Venezuela. Caracas: Ministerio de Agricultura y Cría, 1960;--. Ministerio De Hacienda, ed. La inmigración en Venezuela. Caracas: Ministerio de Hacienda, 1949. 2 vols.; Walter, Rolf. Los alemanes en Venezuela, desde Colón hasta Guzmán Blanco. Caracas: Asociación Cultural Humboldt, 1985; Zawisza, Leszek Alberto. Colonia Tovar, tierra venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1980;--. Colonización agrícola en Venezuela. Caracas: Fundación John Boulton, 1975.
Hemerografía: Ávila, Juana de. «La colonia agrícola china de San Juan de los Morros». En: Élite. Caracas, abril 22,1939; Calzadilla, Pedro. «Dos ensayos de poblamiento en el siglo XIX: las colonias Bolívar y Guzmán Blanco». En: Tierra Firme. Caracas, núm. 1, enero-marzo, 1983; Filippi, Alberto. «Los emigrantes italianos durante el perezjimenismo y la caída de la dictadura». En: Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, núm. 304, octubre-diciembre, 1993; Nava, Julián. «La inmigración a Venezuela desde el fin de la Guerra Federal al siglo XX». En: Revista Shell. Caracas, núm. 25, diciembre, 1957; Rodríguez Campos, Manuel. «La inmigración canaria en los primeros años de la República venezolana». En: Tierra Firme. Caracas, núm. 1, enero-marzo, 1983.  
Volver al tope
desarrollado por iKels