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Tratado de Limites de 1750

El origen del Tratado de Límites firmado entre las coronas de España y Portugal para deslindar las respectivas posesiones en Sur América habría que encontrarlo en la búsqueda de arreglos diplomáticos de intereses europeos en tierras americanas y en la influencia que pudieron tener las intrigas dentro de la misma familia real española; habría, también, que ubicarlo en el contexto de la diplomacia inglesa y sus vinculaciones con Portugal, así como relacionarlo con las tensiones políticas y aun ideológicas existentes entre los ministros de la Corona española, sin olvidar las que se daban en América entre las que se llamaban «las dos conquistas», española y portuguesa, y aun referirse al enfrentamiento de los pueblos de misión españoles ante las expediciones esclavistas de los colonos portugueses. El 13 de enero de 1750 se firma un Tratado de Límites entre España y Portugal para demarcar sus respectivas posesiones en América. La enorme extensión de las tierras americanas, por sí sola, impone la dimensión del campo geográfico al que tenía que extenderse el tratado, cuyo principal asunto, con derivaciones bélicas y religiosas, tuvo que ver con la parte meridional de Sur América, en áreas de la cuenca del río de la Plata; por eso la mayor parte de las historias generales no vinculan a Venezuela y sus límites con lo que este tratado pretendió establecer, aunque con una rápida lectura se evidencie la significación que tuvo para todo el continente americano y su especial repercusión particular en la historia de las fronteras venezolanas. El tratado que comenzó a idearse como una respuesta localizada al conflicto hispano-portugués de la colonia de Sacramento en el Plata, se convirtió en un tratado general de límites para toda América, porque entraron en consideración las otras 2 zonas conflictivas del Amazonas y del Orinoco. No obstante los forcejeos, denuncias y renovaciones posteriores, este tratado fraguó las fronteras del moderno Brasil. Portugal se hizo el beneficiario reconocido de las esforzadas expediciones de los bandeirantes, de los cazadores de indios esclavos en el Amazonas y río Negro, de los avances de sus buscadores de oro y de las penetraciones de sus misioneros. España sacrificó los esfuerzos de quienes resistieron las penetraciones portuguesas, renunciando a las luchas y reclamos de sus misioneros, pero, sobre todo, abandonó sus títulos de derecho y relegó sus anteriores tratados de límites con Portugal. El apelativo que se le ha dado a este instrumento como «tratado de la renuncia» es merecido, no solo por cuanto asienta que han resuelto las partes que «...el presente tratado será el único fundamento y regla que en adelante se deberá seguir para la división y límites de los dominios en toda la América y Asia, y en su virtud quedará abolido cualquier derecho y acción que puedan alegar las dos coronas con motivo de la bula del papa Alejandro VI, y de los tratados de Tordesillas, de Lisboa y Utrecht, de la escritura y venta otorgada en Zaragoza y de otros cualesquiera tratados, convenciones y promesas...», sino porque se aceptaron con suma facilidad criterios de demarcación irresponsables. Los más importantes fueron los siguientes: 1) La aceptación de la «ocupación de hecho», aunque hubiera sido efectuada contra derecho; 2) la «renuncia formal de cualquier derecho y acción por parte de España» en contra de Portugal para cuanto había ocupado en una de las áreas más extensas y controvertidas, como era «el terreno a ambas riberas» del río Marañón o de las Amazonas; 3) la elección de las fronteras naturales como límites, pero definidas con suma imprecisión: «...por donde más cómodamente y con mayor certidumbre, pueda señalarse la raya [...] sin atender a alguna porción poco más o menos de terreno que pueda quedar a una u otra parte [... ] continuará la frontera por medio del río [... ] y por los demás ríos que se juntan, y se acerquen más al rumbo norte...»; 4) la adopción de toponímicos, y la aceptación como cierta de la orientación y aun existencia de accidentes geográficos, en unos territorios escasamente conocidos en el terreno.

El más destacado de los negociadores portugueses fue el lusitano nacido en Brasil, Alexandre de Guzmao, quien supo apreciar la importancia de asegurar las fértiles llanuras de río Grande do Sul, para cambiarlas por la menos importante cesión portuguesa de la colonia de Sacramento, en la margen izquierda del Plata, asegurando para Brasil las tierras del Mato Grosso y la ruta fluvial del Guaporé al Madeira al conseguir llevar la frontera hasta las fuentes del Javarí, hacia el oeste, para bajar por este hasta su desembocadura en el Amazonas y proseguir el curso del gran río hasta la boca más occidental del Japurá y demás ríos que se juntan y se acercan al norte. Esta descripción intencionadamente vaga estuvo antecedida por las hazañas de penetración (en territorios misionados por España) que lograron muchos aventureros portugueses en el corazón del Amazonas y sus tributarios, pero sobre todo es producto del conocimiento geográfico aportado sobre esas regiones por indios y mestizos que formaron las columnas de bandeirantes y los remeros de las piraguas que subían los ríos amazónicos. La cacería de otros indios era el incentivo que atraía a los aventureros a esas forestas remotas; pero esas exploraciones permitieron a Guzmao citar nombres de accidentes geográficos que España apáticamente aceptaba sin medir lo que significaban. Solo así se explica la repugnancia en cumplir el tratado y ejecutar su demarcación tan pronto como llegaron las comisiones demarcadoras españolas a América. El negociador español del tratado, José de Carvajal y Lancaster, llegó al convencimiento «...de que tan interesante como el problema del Sacramento era el Amazónico...»; el historiador Demetrio Ramos Pérez sostiene que ello se debió al influjo de las observaciones de Jorge Juan y de los jesuitas José Gumilla y Manuel Román. El punto crucial del conflicto, ocasionado por el intento de poner en marcha el Tratado de Límites de 1750 por medio de una expedición dirigida por José de Iturriaga, nombrado primer comisario de la expedición española, y actuante solo a partir de la segunda mitad de 1754 y hasta mediados de 1760, se precisó al tomarse en cuenta la interconexión entre el Amazonas y el Orinoco, por el caño Casiquiare.

Las consideraciones que caben con respecto a Venezuela al considerar el Tratado de 1750, se reducen a 2 aspectos: a) La historia subsiguiente del tratado, y b) la línea tal como fue acordada. Con enormes dispendios se envió a Venezuela la nombrada expedición, o Comisión de Límites, que logró grandes avances geográficos, cartográficos, poblacionales, botánicos, etnológicos y de exploración. Esta comisión estuvo dotada de estupendos talentos y medios económicos; pero no delimitó, aunque esa fue su principal misión. Entre 1771 y 1777 hubo enfrentamientos entre los bandeirantes portugueses y las tropas españolas, pues los primeros intentaron avanzar más la ocupación sobre territorios hispanos. Paralelamente, el Tratado de Límites, a pesar de los serios esfuerzos por ejecutarlo, no fue ratificado, siendo sucesivamente modificado por un acuerdo firmado en El Pardo (España), en 1761 y por el Tratado de San Ildefonso en 1777. Es de particular importancia para Venezuela el hecho de que para 1772 se hubieran ya fundado varios poblados españoles entre los ríos Uraricuera y Branco, y que precisamente la destrucción que hicieron los bandeirantes portugueses de esos poblados fue lo que determinó que la provincia española de Guayana pasara a pertenecer a la gobernación de Caracas, ya que Bogotá (virreinato de Santa Fe) se había mostrado incapaz de defender la Guayana española, hasta entonces militarmente dependiente de dicho virreinato.

La comisión demarcadora española posterior a 1777 fue presidida por Francisco Requena, que no pudo ponerse de acuerdo con Portugal sobre los límites señalados en el nuevo tratado, de modo que puede decirse que los límites quedaron imprecisos entre España y Portugal para el momento en que empezaron a producirse las sucesivas declaratorias de independencia en las diferentes colonias españolas. Así, la Corte española sacrificó a favor de Portugal, por desconocimiento del terreno o por intereses de otra índole, extensos territorios americanos a costa de los derechos que irían a heredar las repúblicas hispanoamericanas. Ciertamente, en lo que respecta a Venezuela, los gobernadores y los misioneros de la Guayana venezolana dominaron la cuenca del río Branco; pero el virreinato de Santa Fe, de quien dependían, no los apoyó militarmente a plenitud, lo que condujo de hecho a una entrega de vastos territorios en la cuenca amazónica a Portugal, y en consecuencia a su sucesor, Brasil. Los poblados establecidos en la cuenca del río Branco fueron: San Juan Bautista de Cadacada, «fundado en la boca del Abarauru» (uno de los afluentes del sur del río Tacutu); Santa Bárbara, «entre las bocas del Abarauru y el Uraricuera»; Santa Rosa de Curraricara, «en la boca del río Uraricuera»; Adamuras, «en varadero que está entre Anacopora y Maniquiare», así como los de San Salvador, «en las cabeceras del Paragua» y San Vicente, llamado posteriormente ciudad de Güirior «en la confluencia de los ríos Paragua y Paraguamusi».

La línea de demarcación de 1750, en lo que compete a Venezuela, ratificada en los sucesivos aludidos instrumentos, se expresa como sigue: «Continuará la Frontera por medio del Río Yapurá, y por los demás ríos que se junten, y se acerquen más al rumbo norte, hasta encontrar lo alto de la cordillera de Montes que median entre el Río Orinoco, y el Marañón o de las Amazonas; y seguirá por la cumbre de estos Montes al Oriente, hasta donde se extiende el dominio de una y otra Monarquía. Las personas nombradas por ambas coronas para establecerlos límites, según lo prevenido en el presente artículo, tendrán particular cuidado de señalar la frontera en esta parte, subiendo aguas arriba de la boca más occidental del Yapurá; de forma que se dejen cubiertos los establecimientos, que actualmente tengan los portugueses a las orillas de este río y del Negro, como también la comunicación o canal de que se sirven estos 2 ríos; y que no se dé lugar a que los españoles con ningún pretexto, ni interpretación puedan introducirse en ellos, ni en dicha comunicación; ni los portugueses remontar hacia el río Orinoco, ni extenderse hacia las provincias pobladas por España, ni en los despoblados, que le han de pertenecer, según los presentes artículos; a cuyo efecto señalarán los límites por las lagunas y ríos, enderezando la línea de la Raya, cuando pudiere ser, hacia el norte, sin reparar el poco más o menos del terreno, que queda a una u otra Corona, con tal que se logren los expresados fines». Hay un sector medio que supuesta la geografía del área no ofrece dudas: la cordillera montañosa que divide las aguas del Orinoco de las del Amazonas. Allí la frontera va a coincidir con la actual entre Venezuela y Brasil.

En sus 2 extremos se tienen 2 imprecisiones con consecuencias posteriores. En primer lugar, en cuanto a la frontera oriental conviene anotar la vaga expresión descriptiva, «...seguirá por la cumbre de estos montes al Oriente, hasta donde se extiende el dominio de una y otra Monarquía...». Las instrucciones secretas a los comisionados fechadas en Madrid en 1753, explican lo que estaba detrás: ambas coronas consideraban que «...todo el terreno comprendido entre los ríos Marañón y Orinoco pertenece indudablemente a las dos coronas...», y estas habían acordado que «...cualquiera establecimiento de los demás extranjeros en aquel paraje se debe mirar ejecutado contra el derecho...». Si bien no llegaron a la decisión de atacar abiertamente a los franceses y holandeses establecidos en las Guayanas, se acordó «...que se procure desalojar a unos y otros con la industria y a este efecto han resuelto que ambas naciones procuren estrecharlos cada uno por su parte, los españoles por la del río Orinoco y los portugueses por la del río Marañón...». El objetivo final se expresa sin ambages al decir que por ambos «...extremos de la línea y por toda ella vengamos ocupando y estrechando el terreno con rumbo a la costa...». España creía que el Tratado de Utrecht de 1713 reducía el campo de expansión portugués, por cuanto había estipulado con Francia que no traspasarían el río Vicente Pinzón (que en 1900 se determinó en arbitraje que sería el Oyapoco) y en consecuencia muchos de los mapas españoles de la época extienden nuestros límites hasta las proximidades de la desembocadura del Amazonas, extendiendo la Guayana venezolana, por el sur, a espaldas de los establecimientos costeros de Holanda y Francia. Recordemos que los ingleses, jurídicamente, no tuvieron colonias en Guayana hasta 1814. De todas maneras, si bien la estrategia de estrangulamiento a los colonos holandeses no operó con la eficacia buscada, son interesantes los arbitrios utilizados para contener el comercio de esclavos e indios que aquellos propugnaban, como también los contactos españoles con los negros alzados de Surinam, cuya rebelión apoyaban como arma de guerra contra Holanda. Reflejo de esa expresión indicativa hacia el este la encontramos en el tratado de límites que firmaron en 1859 Venezuela y Brasil, cuando este reconoce a Venezuela el dominio de parte de esa zona, por considerarla usurpada por Gran Bretaña, por la fuerza de su poder. Ciertamente no se llegó a lo que expresaban las instrucciones de 1753, por «...las mismas cumbres hasta el distrito de Surinam...».

Por otra parte, y sobre el otro extremo, el occidente de esa «cordillera de montes que median entre el río Orinoco y el de Marañón o de las Amazonas», se necesitan 2 tipos de consideraciones: en primer lugar, la cordillera de montes se supone continua y por tanto se desconoce o se omite la realidad geográfica de la comunicación fluvial, Amazonas-río Negro-Orinoco. ¿Cómo explicar la omisión de referencia, en 1750, a un hecho que ya era conocido por lo menos desde 1744?; en segundo lugar, ¿cuál fue la suerte del tramo fronterizo entre el río Yapurá y el río Negro, sobre cuya área se exigía a los comisionados «particular cuidado de señalar la frontera»? En relación con la primera pregunta no cabe duda alguna. Es verdad que el padre José Gumilla en su Orinoco ilustrado negaba la intercomunicación entre el Orinoco y el Amazonas; pero para 1742 por lo menos ella se divisaba como casi segura, y 2 años más tarde, en 1744, el padre Manuel Román había comprobado la unión de estos 2 colosos fluviales por el Casiquiare. No era posible, por tanto que, ante los informes y mapa de Román, hubiera prevalecido el peso de la opinión contraria de Gumilla, tanto menos cuanto que la noticia del viaje de Román a los establecimientos portugueses fue comunicada por él mismo a España, y a través de su hermano jesuita, el portugués Joao Ferreira, a Portugal, y por esos medios se certificó del hecho el científico francés La Condamine y así lo expuso en París antes de 1750. Posteriormente, ya una carta de Carvajal y Lancaster para el jefe de la Expedición de Límites, José de Iturriaga, evidencia que al menos en España las noticias obligaban a decir que «no podemos dudar que se comunican los ríos Marañó y Orinoco por otros intermedios que corren por la Provincia de Guayana». En consecuencia, se debe suponer que los redactores del Tratado de 1750 prefirieron una forma cautelosa, pero suficientemente expresiva, para describir ese tramo por medio de 2 subterfugios: reiterando ante todo en 2 artículos (8 y 9) que las vertientes que cayesen al Orinoco serían españolas, y las que derivan al Amazonas serían portuguesas; pero sobre todo explicitando que los portugueses no podrían «remontar hacia el río Orinoco», ni siquiera cuando se tratare «de despoblados que le han de pertenecer».

Temas relacionados: Expedición de Límites de1 754-1761; Fronteras; Tratados de la monarquía española; Venezuela, territorio de.

Autor: Hermann González
Bibliografía directa: Lucena Giraldo, Manuel. Laboratorio tropical: la Expedición de Límites al Orinoco, 1750-1767. Caracas: Monte Ávila, 1992;-- y Antonio E. de Pedro. La frontera caríbica: Expedición de Límites al Orinoco, 1754-1761. Caracas: Arte, 1992; Magalhaes, Basilio de. Expansao geographica do Brazil colonial. 2a ed. Sao Paulo: Bibliotheca Pedagógica Brasileira Brasiliana, 1935; Ramos Pérez, Demetrio. El Tratado de Límites de 1750 y la expedición de Iturriaga al Orinoco. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1946;--. Estudios de historia venezolana. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1976; Requena, Francisco y otros. Ilustrados y bárbaros: diario de la Expedición de Límites al Amazonas, 1782. Madrid: Alianza,c. 1991.
Hemerografía: Yépez Castillo, Áureo. «Guayana en función del Tratado de Límites de 1750 y de la expedición de Iturriaga». En: Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, núm. 258, abril-junio, 1982.
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